Me gustan las hamburguesas, sobre
todo cuando estoy muy low: me gusta comerlas en casa, viendo alguna película
que haya visto ya como unas cien mil veces y que adore, como por ejemplo, Los
Goonies.
A mi estómago le gusta, mi mente
baja de frecuencia, relax. Me imagino a mi cerebro de reptil recibiendo la
señal básica, poniéndose tan contento y premiándome por ello: “Bien!, calorías,
calorías, qué éxito acabas de tener, qué buen montón de calorías hemos logrado,
bravo, bravo. Ten unas pocas de endorfinas para demostrar lo contentos que
estamos”. (Inquietante pero fantástico, no? Un cerebro imaginándose a sí mismo,
sobre todo porque desde esta parte -la que está escribiendo en un procesador de
texto-, no se tiene acceso por completo al resto.)
Divago, ejem. No me preocupa el colesterol, no me preocupan
las calorías, me preocupa la efigie de ese payaso llamado Ronald. Su pavorosa
imagen a tamaño natural saludándote cerca de las cajas, le miras y lo sabes,
sabes que nunca te va a contar dónde
está ese sótano y cuántas veces ha cavado en él mientras lo rodaba todo con una handycam.
Y me preocupa la cara de
cansancio extremo de los trabajadores del establecimiento, que aunque tuviesen
ganas de poner cucarachas, como contaban las leyendas urbanas, o de añadir un esputo,
me temo que no contarían con la suficiente energía para ello. Ni para un simple gargajo. Es la nefasta
influencia de Ronnie, Sres. y Sras.
Entonces, lo que me cuesta
horrores es coger el coche, aparcar y esperar y esperar y hacer cola mientras
Ronnie mira y tratar de comunicarme con un mínimo de eficiencia con el ser que
está detrás de la caja.
Comenzamos:
“ Bla-bla-bla. Sin queso, por
favor.”
Llegan los paquetitos, con
rutinaria desidia los chequeo. Queso.
“Perdone, dije sin queso, por
favor.”
“Sin queso?“
“Lleva queso, dije sin queso.”
“Sin queso?”
Ahora mira la pantalla de
pedidos, trata de anular la línea y pregunta:
“Era sin queso?”
“Eso es. Sin queso, por favor.”
Y murmura para sí….”sin queso” Y
vuelve a tocar la pantalla. Con poca convicción.
Y ya solo queda rezar para que
venga sin queso, por que es altamente probable que en la siguiente hamburguesa también aparezca. De veinte minutos a media
hora larga perdida en la espiral de un dialogo interminable que se compone de
las complejas frases “Dije sin queso” y “Dijo sin queso?”
Y Ronnie sonriente,
sonriente. El cabroncete.
Existe un surrealista abismo de
tiempo entre que yo quiera darme el gusto de zamparme una hamburguesa mirando
los Goonies y lo logre. El Abismo Sin queso.
El queso me da alergia. Punto.
Pero ahí no acaba todo. Me temo
que Ronnie ha añadido un nuevo detalle a sus establecimientos donde quizás nada
sea lo que parece. La dimensión desconocida: la quinta dimensión.
Mientras espero mi pedido,
desesperada, el Howard Hughes que hay en mí me impele a ir al baño y lavarme
las manos. Soy de ese tipo que abren los picaportes de los baños públicos con
los codos. Y muchos más trucos que no pienso desvelar.
Entro en el pasillo interior que
comunica con ambos departamentos y encuentro a varias personas -de ambos sexos-
en actitud meditativa y errabunda. No es
que haya cola. Es que no saben por qué puerta entrar.
Ronnie ha hecho de las suyas.
Después de descartar la idea de que es la obra de un crío con un Edding,
he aquí la duda existencial de todos los presentes:
A)
Opción hembra?, varón?, Alien asexuado? Ameba con falda
tradicional?
B) Opción varón asexuado?, hembra Alien?, varón cubista?
Qué fácil hubiese sido para él, para Ronnie, cambiar
los tradicionales:
Por estos otros, más acorde con
su inquietante estilismo:
WC para él.
WC para ella.
Pero no, ha rizado el rizo.
Ale, a pensar.
